La noche brillaba
en su más profundo azul, mientras las estrellas tiritaban en la inmensidad del cielo. La luna menguante, vestida con un halo de
humedad, presagiaba las primeras lluvias de Enero, mientras los multicolores
cerros dormían bajo la tenue luz nocturna.
Samka caminaba
despacio hacia la cima tomando, cada vez que lo dejaban sus rodillas, ramas
secas del camino. El brujo usaba las estrellas como guía, y escuchaba a la
brisa susurrarle consejos sobre el lugar propicio. Él sabía que la magia se
hallaba en todas partes, y que simplemente era cuestión de poner la atención en
el lugar indicado. Su lento y encorvado cuerpo dibujaba sobre el monte un
perfil extraño, que no era hombre ni bestia. Tal vez ambos, tal vez ninguno. En
lo alto, sentados en la luna, sus dioses eran los espectadores del rito.
Es bien sabido por brujos de la tierra que existe
un ciclo en todas las cosas, una armonía en el ritmo del universo, donde nada
es casual, ni está exento de la danza de los astros y los dioses empezaron hace
tantas eras. Como las flores del cardón,
las cumbres nevadas de las lejanas montañas, el mboreví (tapir) y las olas,
todo pasa y ellos también.
El hechicero tomó
delicadamente las ramas en un montón, sobre un círculo de pequeñas piedras, y
con sus rústicas herramientas prendió un fuego casi mágico. Sacó de su bolso,
ese que parece no tener fin, una olla, un cuchillo gastado y el pequeño san
pedro. En un delicado movimiento, se inclinó hacia un lado, por donde pasaba el
río, y dejó salir de sus labios unas palabras que nadie más escuchó, pidiendo
permiso a la Pachamama y a los seres del agua por un poco del líquido
elemental.
En las noches de luna llena puedes escuchar en el monte esas palabras, porque lo que dice un mago no se lo lleva el viento.
El anciano sabio colocó el agua en la ollita, y cortó el san pedro en finas rebanadas. Dejó hervir el preparado y esperó con el reflejo de las llamas, a que el particular aroma lo cautivara y le endulzara el paladar.
En las noches de luna llena puedes escuchar en el monte esas palabras, porque lo que dice un mago no se lo lleva el viento.
El anciano sabio colocó el agua en la ollita, y cortó el san pedro en finas rebanadas. Dejó hervir el preparado y esperó con el reflejo de las llamas, a que el particular aroma lo cautivara y le endulzara el paladar.
El ritual del olvido, es la despedida de todo
brujo anciano, es la forma de trascender, de formar parte de un ciclo mayor. Ya
que no mueren, destejen el telar del mundo, borrando cada pequeño recuerdo,
anécdota o canción cantada por ellos.
Esa noche, la
pequeña Nina, en su rebeldía infantil decidió pasear sus largas trenzas morenas
por el monte. Le divertía cazar luciérnagas, buscar la luz en movimiento contra
el cielo nocturno, y perderse en el aroma del río y la hierba; y volver con el
rocío sobre su perlado rostro. Más tarde hablarían de ella como la niña de los
dos mundos, por las noches danzaba en el monte con los dioses, y durante el día
jugaba con los niños en la plaza.
Nina se vio atraída
por el intenso rojo de la hoguera, y por esa mágica figura moviéndose entre las
llamas carmesí. Mordiéndose el labio inferior
para sobreponerse al miedo que le causaba la escena, fue acercándose cuidadosamente hacia el fuego, teniendo
cuidado de no hacer demasiado ruido. El corazón le latía muy fuerte, fascinada
por lo que sus ojos estaban viendo.
El brujo Samka
bailaba enérgicamente, sumido en el
éxtasis del ritual. Nosotros hubiésemos visto solamente a un anciano con
la mirada perdida moviendo su cuerpo desenfrenadamente, pero la dulce Nina vio
a un gran hombre bailando feliz con los espíritus del mundo y de todos sus
antepasados, mirando al cielo y gritando cánticos de gozo y agradecimiento, y con los dedos llenos de etéreos hilos celestes que surgían de la tierra.
Desde esa noche,
y todas las noches, la pequeña Nina recuerda el momento en que vio al hechicero
desaparecer entre las llamas de la hoguera en un hipnótico estallido de humo de
colores, elevándose hacia el cielo con extraña celeridad. Ella lo hace porque
sabe que en sueños, el viejo Samka le contará historias y le recitará viejas
canciones, y le enseñará sobre lo que hay por debajo y por encima del monte…
…Por que quien es recordado, aún vive.
