27 de noviembre de 2011

De Olvido y Montes de colores.


La noche brillaba en su más profundo azul, mientras las estrellas tiritaban en la inmensidad del cielo. La luna menguante, vestida con un halo de humedad, presagiaba las primeras lluvias de Enero, mientras los multicolores cerros dormían bajo la tenue luz nocturna.

Samka caminaba despacio hacia la cima tomando, cada vez que lo dejaban sus rodillas, ramas secas del camino. El brujo usaba las estrellas como guía, y escuchaba a la brisa susurrarle consejos sobre el lugar propicio. Él sabía que la magia se hallaba en todas partes, y que simplemente era cuestión de poner la atención en el lugar indicado. Su lento y encorvado cuerpo dibujaba sobre el monte un perfil extraño, que no era hombre ni bestia. Tal vez ambos, tal vez ninguno. En lo alto, sentados en la luna, sus dioses eran los espectadores del rito.

Es bien sabido por brujos de la tierra que existe un ciclo en todas las cosas, una armonía en el ritmo del universo, donde nada es casual, ni está exento de la danza de los astros y los dioses empezaron hace tantas eras.  Como las flores del cardón, las cumbres nevadas de las lejanas montañas, el mboreví (tapir) y las olas, todo pasa y ellos también.

El hechicero tomó delicadamente las ramas en un montón, sobre un círculo de pequeñas piedras, y con sus rústicas herramientas prendió un fuego casi mágico. Sacó de su bolso, ese que parece no tener fin, una olla, un cuchillo gastado y el pequeño san pedro. En un delicado movimiento, se inclinó hacia un lado, por donde pasaba el río, y dejó salir de sus labios unas palabras que nadie más escuchó, pidiendo permiso a la Pachamama y a los seres del agua por un poco del líquido elemental. 


En las noches de luna llena puedes escuchar en el monte esas palabras, porque lo que dice un mago no se lo lleva el viento.


El anciano sabio colocó el agua en la ollita, y cortó el san pedro en finas rebanadas. Dejó hervir el preparado y esperó con el reflejo de las llamas, a que el particular aroma lo cautivara y le endulzara el paladar.

El ritual del olvido, es la despedida de todo brujo anciano, es la forma de trascender, de formar parte de un ciclo mayor. Ya que no mueren, destejen el telar del mundo, borrando cada pequeño recuerdo, anécdota o canción cantada por ellos. 

Esa noche, la pequeña Nina, en su rebeldía infantil decidió pasear sus largas trenzas morenas por el monte. Le divertía cazar luciérnagas, buscar la luz en movimiento contra el cielo nocturno, y perderse en el aroma del río y la hierba; y volver con el rocío sobre su perlado rostro. Más tarde hablarían de ella como la niña de los dos mundos, por las noches danzaba en el monte con los dioses, y durante el día jugaba con los niños en la plaza.

Nina se vio atraída por el intenso rojo de la hoguera, y por esa mágica figura moviéndose entre las llamas carmesí. Mordiéndose el labio inferior para sobreponerse al miedo que le causaba la escena, fue acercándose  cuidadosamente hacia el fuego, teniendo cuidado de no hacer demasiado ruido. El corazón le latía muy fuerte, fascinada por lo que sus ojos estaban viendo.
El brujo Samka bailaba enérgicamente, sumido en el  éxtasis del ritual. Nosotros hubiésemos visto solamente a un anciano con la mirada perdida moviendo su cuerpo desenfrenadamente, pero la dulce Nina vio a un gran hombre bailando feliz con los espíritus del mundo y de todos sus antepasados, mirando al cielo y gritando cánticos de gozo y agradecimiento, y con los dedos llenos de etéreos hilos celestes que surgían de la tierra.

Desde esa noche, y todas las noches, la pequeña Nina recuerda el momento en que vio al hechicero desaparecer entre las llamas de la hoguera en un hipnótico estallido de humo de colores, elevándose hacia el cielo con extraña celeridad. Ella lo hace porque sabe que en sueños, el viejo Samka le contará historias y le recitará viejas canciones, y le enseñará sobre lo que hay por debajo y por encima del monte…


…Por que quien es recordado, aún vive.

26 de noviembre de 2011

Raras Costumbres


Extraño es el momento de la muerte. Solemos criticar despiadadamente por ejemplo que a los muertos en la India se les arroje a un río. Hasta algunos conservadores podrían pensar de inhumano el hecho de quemar a nuestros seres queridos hasta reducirlos a cenizas, lo que resulta bastante más práctico a la larga. Lo más curioso es quien se para en esa postura mayoritariamente, promueve el rito de enterrar el cadáver 5 metros bajo tierra en un cajón de madera. Cada uno sacará sus conclusiones o se sentirá dolido. Hay lugar para todos. (Mejor ni meterse con el cuestionado velorio)

En definitiva, sea descabellado, criticable, escandaloso, inhumano o no, es una cuestión de costumbres. Casi un sistema cerrado y poco tolerante, pero con el que cargamos queramos o no. Hasta ser rebeldes es parte de este sistema, todo queda contenido por este o no.

Sin embargo, estas costumbres, anexos culturales de las sociedades en el caso de la muerte me resultan reveladores. Operan casi como un intento de explicación. Cada cultura conserva sus ritos y prácticas celosamente, ya que son su manera de entender que es lo que pasa más allá de esta vida.


Casi como los aborígenes, que nombraban por dioses a todo lo que no entendían, nosotros lo llenamos de adornos y palabras.

… Yo brindo por la magia del no entender.

16 de noviembre de 2011

Dioses Cotidianos

Me levanto con la luz opalina del amanecer. Rozo con mis manos las sábanas y recito el viejo dicho que espanta a los sopladores de sueños. Tomo aire, y con los brazos presionando la cama logro incorporarme. Pido a los dioses del nuevo día mi bendición antes de que mis pies toquen el frío suelo imitación madera. Camino los mismos 7 pasos de siempre hasta el baño. Me desprendo de mis ropas y agradezco a las sombras de mis antepasados sus incontables herencias. Entro a la ducha y alerto al señor de los manantiales que precisaré de sus servicios. El agua fluye por mi cuerpo y no dejo de reconocer que el grande me ha dado este cuerpo. Si logro salir de la bañera sin tropiezos, canto una canción a El Que Siempre Juega de Malas.

Me visto y salgo hacia el trabajo. Hoy es el día del dios de los caminos, aunque a mi me ha jugado una mala pasada, y he tropezado 3 veces hasta llegar al subte. Bajo las escaleras atolondrado, y me gano el desprecio de 2 ciudadanos ansiosos y de mal carácter. Apenas toco la baranda de la escalera que da a los andenes, recordando que siempre la desdicha de El de los caminos viene acompañada de los infortunios de El Que Mueve Las Agujas. Llego tarde a la oficina pero nadie lo nota; hoy es un día complicado también allí.

En la oficina no hay dioses que carguen con la culpas. La canción de alabanza es el eterno sonar de teléfonos y la suerte la comanda el cacique de turno. No se luce la bendición de la luz, ya que todo pasa por plásticas membranas. No hay inviernos ni veranos, ni señores que los comanden, aquí todo el año tiene gusto a metálico viento glaciar. El tiempo, pesado, como un tortura, está retenido en esta caja profana. Miro el reloj. Muevo mis dedos. Bostezo. Miro el reloj. Pasa un siglos. Miro el reloj.

Son las 17:15. Junto mis pertenencias. Cruzo la puerta. Vuelvo a casa. Vuelvo a los dioses cotidianos.

10 de noviembre de 2011

Cuerpo-Evidencia


Cuántas veces rasgaste la piel desde adentro,
Cuántas veces guardaste la culpa bajo las uñas,
Cuántas veces maltrataste hasta las lágrimas,
Cuántas veces subiste los pies a la cabeza,
Cuántas veces cubriste agujeros con caretas,
Cuántas veces escondiste el alma bajo los pelos,
Cuántas veces fragmentaste la mirada,
Cuántas veces tiraste el corazón por la borda;

¿Cuántas veces perdiste las manos en otro cuerpo?
¿Cuántas veces dejaste la boca olvidada en una oreja?
¿Cuántas veces explotaste el estómago en júbilo?

¿Cuántas veces te viste en un espejo hasta los huesos
y te repetiste para adentro "Me quiero"?