Me levanto con la luz opalina del amanecer. Rozo con mis manos las sábanas y recito el viejo dicho que espanta a los sopladores de sueños. Tomo aire, y con los brazos presionando la cama logro incorporarme. Pido a los dioses del nuevo día mi bendición antes de que mis pies toquen el frío suelo imitación madera. Camino los mismos 7 pasos de siempre hasta el baño. Me desprendo de mis ropas y agradezco a las sombras de mis antepasados sus incontables herencias. Entro a la ducha y alerto al señor de los manantiales que precisaré de sus servicios. El agua fluye por mi cuerpo y no dejo de reconocer que el grande me ha dado este cuerpo. Si logro salir de la bañera sin tropiezos, canto una canción a El Que Siempre Juega de Malas.
Me visto y salgo hacia el trabajo. Hoy es el día del dios de los caminos, aunque a mi me ha jugado una mala pasada, y he tropezado 3 veces hasta llegar al subte. Bajo las escaleras atolondrado, y me gano el desprecio de 2 ciudadanos ansiosos y de mal carácter. Apenas toco la baranda de la escalera que da a los andenes, recordando que siempre la desdicha de El de los caminos viene acompañada de los infortunios de El Que Mueve Las Agujas. Llego tarde a la oficina pero nadie lo nota; hoy es un día complicado también allí.
En la oficina no hay dioses que carguen con la culpas. La canción de alabanza es el eterno sonar de teléfonos y la suerte la comanda el cacique de turno. No se luce la bendición de la luz, ya que todo pasa por plásticas membranas. No hay inviernos ni veranos, ni señores que los comanden, aquí todo el año tiene gusto a metálico viento glaciar. El tiempo, pesado, como un tortura, está retenido en esta caja profana. Miro el reloj. Muevo mis dedos. Bostezo. Miro el reloj. Pasa un siglos. Miro el reloj.
Son las 17:15. Junto mis pertenencias. Cruzo la puerta. Vuelvo a casa. Vuelvo a los dioses cotidianos.
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