Desde chico ya me pasa, no puedo sentirme alguien más del montón. Siempre mis imperfecciones físicas y mentales me han llevado a pensar que soy único, más allá del narcisismo y la soberbia. A veces pienso que eso mismo muchas veces me juega en contra, pero otras tantas me ayuda a ver el mundo con otros ojos.
Esta especie de distancia de la gente, de los malones, me obligó a ver dentro de las multitudes, y así fui encontrando lo que para mi es el mayor mal de nuestros tiempos: el anonimato.
Me duele pensar en la falta de individualidad. Es como si la ciudad estuviese enferma. Gris. Veo caras en la gente pero no veo expresiones. Escucho voces, hasta fragmentos de conversaciones, pero es como si el murmullo hablara por si sólo, y donde cada uno de los integrantes parece aportar algo al canto masivo y despersonalizado del montón.
Uno sólo tiene dos opciones, o está dentro, o no. Uno puede formar parte y salirse cuando uno quiere. Así dicen. El gran problema es que uno se acostumbra a eso. Es más fácil ser parte de algo que parece moverse por sí mismo, y que sólo nos arrastra. Creo que encontré un segundo mal: el facilismo.
Es que si uno es anónimo y facilista, termina siendo uno más de forma permanente, y es difícil salir de ahí. Así es la Gente Gris.
Sin color y sin historia, viven inmersos en los circuítos de un cáncer metropolitano. Habitan casas sin número, en barrios inexistentes, de paises y ciudades muy parecidas a las nuetras. Sus caras pueden ser la de ninguno o todas a la vez. Sus bocas se abren pero no hay palabra alguna que pueda salir de ellas. Sus pies se mueven pero no van a ninguna parte, ya que son de todos, pero de nadie. Viven creyendo que sus vidas son perfectas, que lo que tienen es todo lo que pueden tener. Se conforman con poco. Con nada. Así viven a diario sus vidas. Nada particular. Siempre parte de lo mismo. Un cambio podría destruir su mundo gris pero cómodo.
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